FELIZ AÑO 2020!!!

Ya eres mía

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Dentro de aquel carruaje, Kate Smith se sentía eufórica, por fin sus sueños se harían realidad, tendría una aventura, y temía que su acompañante descubriera su secreto.

Sentado frente a ella, John Harmon, su vecino, estaba dormido y por primera vez en su vida, se permitió mirarlo sin disimulo, admirando el cuerpo fuerte y musculoso, los rasgos perfectos de su rostro, su cabello moreno y ondulado.

Había estado enamorada de él desde que recordaba. Su hermano Sean y John, eran amigos desde la infancia, y ella siempre se escapaba detrás de ellos, cosa que los fastidiaba sobremanera.

Los señores Smith, habían criado a sus hijos por igual, los dos habían compartido los tutores y recibido las mismas clases. Eso hacía de Kate una muchacha demasiado instruida a ojos de la sociedad. Cuando su hermano se había ido a Oxford, su madre le había enseñado personalmente a llevar una casa, y también a bordar y tocar el piano. En el momento en que su adolescente hija se rebelaba, le decía que algún día se lo agradecería. Kate era una muchacha vivaz, extrovertida y con mucho sentido del humor. Igual se la podía encontrar debatiendo con amigos de su padre sobre política, que tomando el té de la manera más refinada con un grupo de damas.

La mayoría de los jóvenes no veían en ella a una potencial esposa, era demasiado franca, inteligente, sumamente atrevida y divertida. Era muy fácil hacerse amigo de Kate. No era como las demás jovencitas que trataban de cazar un marido con caídas de pestañas y con fingida timidez. Ella aborrecía esa manera de actuar.

Siempre había detestado que le negaran algo por ser mujer, envidiaba la libertad de la que disfrutaba su hermano gemelo por ser varón. Cuando su vecino se había presentado en su casa en busca de Sean, para correrse una juerga por la ciudad, ella no se lo había pensado. Se había vestido de hombre, y había fingido ser su hermano. Tenía que ir con mucho cuidado para que John siguiera creyendo que era Sean.

A pesar del esfuerzo que había hecho ella para disimular la voz, alegando una afonía inexistente, y de los calcetines que había introducido en las botas de su hermano, que la hacían parecer más alta, no había engañado a John ni un segundo. Él reconocería esa mirada atrevida entre un millón. Decidió seguirle el juego, Kate necesita que alguien le diera una lección de sensatez. Y ese sería él.

Fingió que se despertaba en ese momento, cuando la realidad era que la había estado espiando desde el momento que subió al carruaje. Había tenido que hacer un gran esfuerzo para seguir simulando cuando la mirada de ella lo recorriera con aquel descaro. Él no era de piedra, y hacía ya mucho tiempo que venía deseándola, era más, la quería por esposa. Si alguien la descubría o llegaba a enterarse de aquella aventurita, su reputación estaría arruinada.

—¿Dónde quieres ir antes al club o a ver a Pegui? —Kate no sabía quien era esa mujer, pero si iban al club, era más que posible que se encontraran con algún conocido, no podía correr el riesgo de que la reconocieran.

Pegui resultó ser una ramera que servía mesas en una taberna, el cuerpo de la muchacha estaba lleno de curvas, sus voluptuosos pechos le sobresalían por encima de un corpiño que le iba demasiado pequeño.

John se divertía de lo lindo viendo los colores que adornaban las mejillas de Kate. Tenían suerte que el local estaba mal iluminado, de lo contrario alguien más se habría dado cuenta. Cuando la camarera les llevó los whiskys que habían pedido, se sentó en el regazo de Kate y cogiéndole por la nuca, la atrajo para que hundiera su cara entre aquellos dos globos tan expuestos. Ella se levantó de un salto, y la chica terminó con sus curvas por los suelos. El resto de los parroquianos, se volvió al oír el grito que lanzó la mujer.

—El señorito es demasiado fino para nuestra Pegui. —Soltó con desprecio el hombre que estaba detrás de la barra. Ante aquel comentario dicho en voz alta, John maldijo, sabía lo que podía representar.

En ese instante vio acercarse a un borracho, le dijo a Kate que debían irse, pero antes de que llegaran a la puerta, un tipo muy corpulento les bloqueó la salida. John la apartó y lanzó su puño directo a la mandíbula del sujeto. Salieron de allí antes de que los demás clientes tuvieran tiempo de reaccionar.

A Kate le castañeaban los dientes, nunca en su vida había visto a John con aquel talante. Él la cogió por la cintura y prácticamente la lanzó al interior del carruaje, le dio una orden al cochero, saltó y se sentó a su lado. El coche empezó a moverse. Sus muslos se rozaban y al sentirla temblar se enfureció; sin embargo, algo dentro de él se retorció cuando su mirada se clavó en ella y vio miedo en sus ojos. Su corazón se le oprimió dentro del pecho, culpándose por haberla llevado allí. Lo que ocurrió a continuación fue cosa del destino, la envolvió entre sus brazos y su boca fue en busca de aquellos temblorosos labios.

Las entrañas de Kate se licuaron bajo la pasión de aquel beso, pero algo estaba mal, no sabía el qué, y no podía pensar con él rodeándola con su robusto cuerpo. De repente, como si de un rayo se tratara, una idea le iluminó la cabeza. John creía que era Sean quien estaba con él. Trató de apartarlo, y al fin lo logró mordiéndole el labio.

—¡Eres un pervertido! —le gritó.

John se tocó el labio sangrante, mientras la miraba con los ojos entrecerrados.

—¿Yo soy el pervertido? No me contestes, estoy tentado de cruzarte sobre mis rodillas y darte una buena zurra. —A ella se le iban a saltar los ojos de las órbitas—. Pequeña tonta, ¿no te das cuenta del peligro que ha entrañado tu aventura? No, claro que no, tú no…

«Pequeña tonta» había dicho él, Kate se dio cuenta de que no había conseguido engañarlo, su rostro se tornó rojo como la grana; ella no oía lo que él le estaba gritando, solo era consciente de que la había besado como un hombre besa a una mujer, sabiendo que era ella.

John la vio tocarse los labios con la punta de los dedos, y perdió el hilo de lo que hablaba, clavando su mirada en aquellos ojos que lo hechizaban.

—Lo siento —susurró Kate—, no quería engañarte, pero me siento como si estuviera encerrada en una pecera, no es justo, los hombres tenéis tanta libertad. —Su tono era lastimoso—. En cambio, las mujeres solo servimos para adornar vuestro brazo o para traer hijos al mundo. Por favor, no me lleves a casa todavía.

Él levantó una ceja interrogante, ¿qué diablos pretendía esa mujer?

—¿Y dónde tengo que llevarte, entonces?

—Yo solo quería vivir una aventura, divertirme como hacéis los hombres. Estoy harta de ser Kate «la marisabidilla», ¿creías que no sabía que me llaman así? Todos los hombres me ven así, los divierto y los asusto; todos quieren bailar conmigo, pero no hay ninguno que piense en mi como esposa.

—¿Por qué piensas eso?

—Es mi segunda temporada y no he recibido ninguna propuesta matrimonial.

—¿Y te has parado a pensar, en que si alguien te reconoce esta noche, tu reputación quedará por los suelos? Las habladurías correrán como el viento por toda la ciudad, tus posibilidades de encontrar marido se esfumarán para siempre.

—No me importa, no voy a casarme, voy a quedarme soltera. —Afirmó con la cabeza—. No aguantaría a un hombre que se creyera en el derecho de darme órdenes. Que tuviera el poder de encerrarme en mi habitación, o de zurrarme el trasero cuando lo hiciera enfurecer.

—Tienes unas ideas realmente raras.

—Hay hombres así, no lo niegues… Todo el mundo sabe de algunos lores eruditos, que pertenecen al club «PARAÍSO DE LOS LIBROS PERDIDOS», que es el más selecto de la ciudad, y se codean con lo más granado de la sociedad, son encantadores en público y en sus casas son unos verdaderos tiranos.

A John le hizo gracia, ella tenía razón, desde luego, pero todas las jovencitas pensaban en casarse.

—Todos los hombres no son iguales.

Ella lo miró entrecerrando los ojos.

—Yo pensaba que tú eras distinto, pero no…

Él frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir? ¿Me estás comparando con esos déspotas?

—Hace un rato querías zurrarme el trasero.

A John casi se le desencaja la mandíbula. Ella al ver su mirada se giró hacia la ventanilla, observando la niebla que cubría las calles. Sabía que lo había ofendido y no pensaba disculparse por ello.

El silencio se iba haciendo tenso así que pasaban los minutos, y ninguno de los dos decía nada. Kate sentía la mirada del hombre sobre ella, pero hacía un gran esfuerzo por no mirarlo, sabía que si lo hacía él podría ver la decepción en sus ojos. Siempre había pensado que él era distinto, lo tenía en un pedestal, pero esa noche había tenido un brusco despertar. John no dudaría darle una zurra, igual que todos esos lores que consideraban a la mujer como una mercancía de cambio, una oportunidad para escalar en la alta sociedad, y una hembra de cría para sus futuros herederos.

—Entonces… ¿No piensas casarte nunca? —Él rompió el silencio.

—No, me niego a ser la esclava de nadie.

—Con el hombre adecuado no te sentirías así.

La mirada que recibió John le dio a entender que no creía una palabra. Se quedó pensativo mientras el carruaje recorría las calles, le había ordenado al cochero que se pusiera en marcha, y sabía que no se detendría hasta recibir una nueva orden. De pronto le entraron ganas de reír, pero se contuvo. Sabía que la quería por esposa, ella le había confesado que pretendía quedarse soltera antes que estar bajo jugo conyugal, y encima le había rogado que no la llevara a su casa. Pues haría su voluntad, se pasarían la noche recorriendo las calles y por la mañana la llevaría a su casa, no tenía ni que tocarla, por la mañana su reputación estaría por los suelos y el señor Smith lo obligaría a casarse con ella.

El traqueteo del carruaje la adormiló, Kate cerró los ojos y John al ver que se había quedado dormida la envolvió en su capa, disfrutó del peso de la mujer contra su costado y apreciando su belleza, pensó…

«Ya eres mía cariño»

Se pasó toda la noche admirando la serena belleza de Kate; poco se podía imaginar ella que en menos de una semana serían marido y mujer.

Estaba amaneciendo cuando le ordenó al cochero que los llevara a casa de los Smith. Al llegar, bajó del carruaje con ella en brazos, subió las escaleras y el mayordomo le abrió la puerta. Ya en el vestíbulo oyó las pisadas de alguien que bajaba la escalera, era el padre de Kate, no dejaría nada al azar, lo ignoró y el susurró a ella en el oído, mientras se removía en sus brazos como una gatita somnolienta.

—Despierta princesa, debemos planificar nuestra boda.

Aquellas palabras la sacudieron, abrió los ojos, solo para volver a cerrarlos cuando él cubrió sus labios con su boca, en un beso tierno que la llevó al paraíso.

El carraspeo de su padre la volvió a la realidad.

—¿Para cuándo el enlace?

—En cuanto tenga la licencia especial, señor.

Kate de un brinco salto de sus brazos al comprender lo que estaban hablando.

—No pienso casarme contigo. —Sus ojos despedían chispas, y a él le hizo gracia, estaba tan bella cuando se enojaba—. Y no te atrevas a reírte de mí.

—Eso tenías que haberlo pensado antes de pasar la noche con él —dijo su padre.

Ella lo miró y sintió el calor en sus mejillas por lo que su padre estaba insinuando.

—No ha pasado nada papa, me quedé dormida en el carruaje… Y él…

Se giró para encararlo.

—¿Por qué no me trajiste a casa?

—Porque tú me pediste que no lo hiciera.

Entonces recordó la conversación que habían mantenido. Y al ver la sonrisa que coronaba los labios de John, supo que lo que estaba ocurriendo, lo había provocado él a propósito.

—Si me obligan a casarme contigo te haré la vida imposible. —Lo amenazó.

—Me arriesgaré cielo, a tu lado sé que nunca moriré de aburrimiento.

Kate soltó un ruido impropio de una dama, se giró y se dispuso a desaparecer antes de ceder a la tentación de arrearle un buen mamporro. Cuando llegó a su alcoba, cerró de un portazo, se apoyó en la madera y dejó caer la cabeza sobre su pecho. Reconoció para sí misma que la noticia de su boda no la llenaba de zozobra, al contrario, sentía el estómago dando saltos de alegría. Amaba a ese hombre, pero él no le había hablado de amor en ningún momento. Se prometió a sí misma que no se entregaría a su esposo hasta que él no aprendiera a amarla. Con este pensamiento se tiró sobre la cama y cedió al impulso de la autocompasión.

Unas horas más tarde, ya bañada y con una taza de té en las manos, su doncella la sorprendió con un gran ramo de rosas rojas que acababan de traer. Buscó la tarjeta sin muchas ganas, cuando la leyó sintió una burbuja de felicidad que le llenaba el pecho, en letras elegantes rezaba:

Te amo «marisabidilla», prometo hacerte la mujer más feliz del mundo… Y zurrarte el trasero a besos.

J.

YA ERES MÍA

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Dentro de aquel carruaje, Kate Smith se sentía eufórica, por fin sus sueños se harían realidad, tendría una aventura, y temía que su acompañante descubriera su secreto.

Sentado frente a ella, John Harmon, su vecino, estaba dormido y por primera vez en su vida, se permitió mirarlo sin disimulo, admirando el cuerpo fuerte y musculoso, los rasgos perfectos de su rostro, su cabello moreno y ondulado.

Había estado enamorada de él desde que recordaba. Su hermano Sean y John, eran amigos desde la infancia, y ella siempre se escapaba detrás de ellos, cosa que los fastidiaba sobremanera.

Los señores Smith, habían criado a sus hijos por igual, los dos habían compartido los tutores y recibido las mismas clases. Eso hacía de Kate una muchacha demasiado instruida a ojos de la sociedad. Cuando su hermano se había ido a Oxford, su madre le había enseñado personalmente a llevar una casa, y también a bordar y tocar el piano. En el momento en que su adolescente hija se rebelaba, le decía que algún día se lo agradecería. Kate era una muchacha vivaz, extrovertida y con mucho sentido del humor. Igual se la podía encontrar debatiendo con amigos de su padre sobre política, que tomando el té de la manera más refinada con un grupo de damas.

La mayoría de los jóvenes no veían en ella a una potencial esposa, era demasiado franca, inteligente, sumamente atrevida y divertida. Era muy fácil hacerse amigo de Kate. No era como las demás jovencitas que trataban de cazar un marido con caídas de pestañas y con fingida timidez. Ella aborrecía esa manera de actuar.

Siempre había detestado que le negaran algo por ser mujer, envidiaba la libertad de la que disfrutaba su hermano gemelo por ser varón. Cuando su vecino se había presentado en su casa en busca de Sean, para correrse una juerga por la ciudad, ella no se lo había pensado. Se había vestido de hombre, y había fingido ser su hermano. Tenía que ir con mucho cuidado para que John siguiera creyendo que era Sean.

A pesar del esfuerzo que había hecho ella para disimular la voz, alegando una afonía inexistente, y de los calcetines que había introducido en las botas de su hermano, que la hacían parecer más alta, no había engañado a John ni un segundo. Él reconocería esa mirada atrevida entre un millón. Decidió seguirle el juego, Kate necesita que alguien le diera una lección de sensatez. Y ese sería él.

Fingió que se despertaba en ese momento, cuando la realidad era que la había estado espiando desde el momento que subió al carruaje. Había tenido que hacer un gran esfuerzo para seguir simulando cuando la mirada de ella lo recorriera con aquel descaro. Él no era de piedra, y hacía ya mucho tiempo que venía deseándola, era más, la quería por esposa. Si alguien la descubría o llegaba a enterarse de aquella aventurita, su reputación estaría arruinada.

—¿Dónde quieres ir antes al club o a ver a Pegui? —Kate no sabía quien era esa mujer, pero si iban al club, era más que posible que se encontraran con algún conocido, no podía correr el riesgo de que la reconocieran.

Pegui resultó ser una ramera que servía mesas en una taberna, el cuerpo de la muchacha estaba lleno de curvas, sus voluptuosos pechos le sobresalían por encima de un corpiño que le iba demasiado pequeño.

John se divertía de lo lindo viendo los colores que adornaban las mejillas de Kate. Tenían suerte que el local estaba mal iluminado, de lo contrario alguien más se habría dado cuenta. Cuando la camarera les llevó los whiskys que habían pedido, se sentó en el regazo de Kate y cogiéndole por la nuca, la atrajo para que hundiera su cara entre aquellos dos globos tan expuestos. Ella se levantó de un salto, y la chica terminó con sus curvas por los suelos. El resto de los parroquianos, se volvió al oír el grito que lanzó la mujer.

—El señorito es demasiado fino para nuestra Pegui. —Soltó con desprecio el hombre que estaba detrás de la barra. Ante aquel comentario dicho en voz alta, John maldijo, sabía lo que podía representar.

En ese instante vio acercarse a un borracho, le dijo a Kate que debían irse, pero antes de que llegaran a la puerta, un tipo muy corpulento les bloqueó la salida. John la apartó y lanzó su puño directo a la mandíbula del sujeto. Salieron de allí antes de que los demás clientes tuvieran tiempo de reaccionar.

A Kate le castañeaban los dientes, nunca en su vida había visto a John con aquel talante. Él la cogió por la cintura y prácticamente la lanzó al interior del carruaje, le dio una orden al cochero, saltó y se sentó a su lado. El coche empezó a moverse. Sus muslos se rozaban y al sentirla temblar se enfureció; sin embargo, algo dentro de él se retorció cuando su mirada se clavó en ella y vio miedo en sus ojos. Su corazón se le oprimió dentro del pecho, culpándose por haberla llevado allí. Lo que ocurrió a continuación fue cosa del destino, la envolvió entre sus brazos y su boca fue en busca de aquellos temblorosos labios.

Las entrañas de Kate se licuaron bajo la pasión de aquel beso, pero algo estaba mal, no sabía el qué, y no podía pensar con él rodeándola con su robusto cuerpo. De repente, como si de un rayo se tratara, una idea le iluminó la cabeza. John creía que era Sean quien estaba con él. Trató de apartarlo, y al fin lo logró mordiéndole el labio.

—¡Eres un pervertido! —le gritó.

John se tocó el labio sangrante, mientras la miraba con los ojos entrecerrados.

—¿Yo soy el pervertido? No me contestes, estoy tentado de cruzarte sobre mis rodillas y darte una buena zurra. —A ella se le iban a saltar los ojos de las órbitas—. Pequeña tonta, ¿no te das cuenta del peligro que ha entrañado tu aventura? No, claro que no, tú no…

«Pequeña tonta» había dicho él, Kate se dio cuenta de que no había conseguido engañarlo, su rostro se tornó rojo como la grana; ella no oía lo que él le estaba gritando, solo era consciente de que la había besado como un hombre besa a una mujer, sabiendo que era ella.

John la vio tocarse los labios con la punta de los dedos, y perdió el hilo de lo que hablaba, clavando su mirada en aquellos ojos que lo hechizaban.

—Lo siento —susurró Kate—, no quería engañarte, pero me siento como si estuviera encerrada en una pecera, no es justo, los hombres tenéis tanta libertad. —Su tono era lastimoso—. En cambio, las mujeres solo servimos para adornar vuestro brazo o para traer hijos al mundo. Por favor, no me lleves a casa todavía.

Él levantó una ceja interrogante, ¿qué diablos pretendía esa mujer?

—¿Y dónde tengo que llevarte, entonces?

—Yo solo quería vivir una aventura, divertirme como hacéis los hombres. Estoy harta de ser Kate «la marisabidilla», ¿creías que no sabía que me llaman así? Todos los hombres me ven así, los divierto y los asusto; todos quieren bailar conmigo, pero no hay ninguno que piense en mi como esposa.

—¿Por qué piensas eso?

—Es mi segunda temporada y no he recibido ninguna propuesta matrimonial.

—¿Y te has parado a pensar, en que si alguien te reconoce esta noche, tu reputación quedará por los suelos? Las habladurías correrán como el viento por toda la ciudad, tus posibilidades de encontrar marido se esfumarán para siempre.

—No me importa, no voy a casarme, voy a quedarme soltera. —Afirmó con la cabeza—. No aguantaría a un hombre que se creyera en el derecho de darme órdenes. Que tuviera el poder de encerrarme en mi habitación, o de zurrarme el trasero cuando lo hiciera enfurecer.

—Tienes unas ideas realmente raras.

—Hay hombres así, no lo niegues… Todo el mundo sabe de algunos lores eruditos, que pertenecen al club «PARAÍSO DE LOS LIBROS PERDIDOS», que es el más selecto de la ciudad, y se codean con lo más granado de la sociedad, son encantadores en público y en sus casas son unos verdaderos tiranos.

A John le hizo gracia, ella tenía razón, desde luego, pero todas las jovencitas pensaban en casarse.

—Todos los hombres no son iguales.

Ella lo miró entrecerrando los ojos.

—Yo pensaba que tú eras distinto, pero no…

Él frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir? ¿Me estás comparando con esos déspotas?

—Hace un rato querías zurrarme el trasero.

A John casi se le desencaja la mandíbula. Ella al ver su mirada se giró hacia la ventanilla, observando la niebla que cubría las calles. Sabía que lo había ofendido y no pensaba disculparse por ello.

El silencio se iba haciendo tenso así que pasaban los minutos, y ninguno de los dos decía nada. Kate sentía la mirada del hombre sobre ella, pero hacía un gran esfuerzo por no mirarlo, sabía que si lo hacía él podría ver la decepción en sus ojos. Siempre había pensado que él era distinto, lo tenía en un pedestal, pero esa noche había tenido un brusco despertar. John no dudaría darle una zurra, igual que todos esos lores que consideraban a la mujer como una mercancía de cambio, una oportunidad para escalar en la alta sociedad, y una hembra de cría para sus futuros herederos.

—Entonces… ¿No piensas casarte nunca? —Él rompió el silencio.

—No, me niego a ser la esclava de nadie.

—Con el hombre adecuado no te sentirías así.

La mirada que recibió John le dio a entender que no creía una palabra. Se quedó pensativo mientras el carruaje recorría las calles, le había ordenado al cochero que se pusiera en marcha, y sabía que no se detendría hasta recibir una nueva orden. De pronto le entraron ganas de reír, pero se contuvo. Sabía que la quería por esposa, ella le había confesado que pretendía quedarse soltera antes que estar bajo jugo conyugal, y encima le había rogado que no la llevara a su casa. Pues haría su voluntad, se pasarían la noche recorriendo las calles y por la mañana la llevaría a su casa, no tenía ni que tocarla, por la mañana su reputación estaría por los suelos y el señor Smith lo obligaría a casarse con ella.

El traqueteo del carruaje la adormiló, Kate cerró los ojos y John al ver que se había quedado dormida la envolvió en su capa, disfrutó del peso de la mujer contra su costado y apreciando su belleza, pensó…

«Ya eres mía cariño»

Se pasó toda la noche admirando la serena belleza de Kate; poco se podía imaginar ella que en menos de una semana serían marido y mujer.

Estaba amaneciendo cuando le ordenó al cochero que los llevara a casa de los Smith. Al llegar, bajó del carruaje con ella en brazos, subió las escaleras y el mayordomo le abrió la puerta. Ya en el vestíbulo oyó las pisadas de alguien que bajaba la escalera, era el padre de Kate, no dejaría nada al azar, lo ignoró y el susurró a ella en el oído, mientras se removía en sus brazos como una gatita somnolienta.

—Despierta princesa, debemos planificar nuestra boda.

Aquellas palabras la sacudieron, abrió los ojos, solo para volver a cerrarlos cuando él cubrió sus labios con su boca, en un beso tierno que la llevó al paraíso.

El carraspeo de su padre la volvió a la realidad.

—¿Para cuándo el enlace?

—En cuanto tenga la licencia especial, señor.

Kate de un brinco salto de sus brazos al comprender lo que estaban hablando.

—No pienso casarme contigo. —Sus ojos despedían chispas, y a él le hizo gracia, estaba tan bella cuando se enojaba—. Y no te atrevas a reírte de mí.

—Eso tenías que haberlo pensado antes de pasar la noche con él —dijo su padre.

Ella lo miró y sintió el calor en sus mejillas por lo que su padre estaba insinuando.

—No ha pasado nada papa, me quedé dormida en el carruaje… Y él…

Se giró para encararlo.

—¿Por qué no me trajiste a casa?

—Porque tú me pediste que no lo hiciera.

Entonces recordó la conversación que habían mantenido. Y al ver la sonrisa que coronaba los labios de John, supo que lo que estaba ocurriendo, lo había provocado él a propósito.

—Si me obligan a casarme contigo te haré la vida imposible. —Lo amenazó.

—Me arriesgaré cielo, a tu lado sé que nunca moriré de aburrimiento.

Kate soltó un ruido impropio de una dama, se giró y se dispuso a desaparecer antes de ceder a la tentación de arrearle un buen mamporro. Cuando llegó a su alcoba, cerró de un portazo, se apoyó en la madera y dejó caer la cabeza sobre su pecho. Reconoció para sí misma que la noticia de su boda no la llenaba de zozobra, al contrario, sentía el estómago dando saltos de alegría. Amaba a ese hombre, pero él no le había hablado de amor en ningún momento. Se prometió a sí misma que no se entregaría a su esposo hasta que él no aprendiera a amarla. Con este pensamiento se tiró sobre la cama y cedió al impulso de la autocompasión.

Unas horas más tarde, ya bañada y con una taza de té en las manos, su doncella la sorprendió con un gran ramo de rosas rojas que acababan de traer. Buscó la tarjeta sin muchas ganas, cuando la leyó sintió una burbuja de felicidad que le llenaba el pecho, en letras elegantes rezaba:

Te amo «marisabidilla», prometo hacerte la mujer más feliz del mundo… Y zurrarte el trasero a besos.

J.

 

 

BESOS DE VÉRTIGO

Portada BESOS DE VÉRTIGO

¿Quién le iba a decir a Daniela que en la otra parte del mundo no solo se enamoraría de esa inhóspita tierra, sino también de un hombre con unos ojos azules que derretían el alma?

Vuelve Marian Arpa con la segunda entrega de la bilogía «Te quiero» ambientada en los fascinantes paisajes de Kenia.

¿Qué tenían los besos de ese hombre que la convertían en un charco de sensaciones?

Dany escapa del yugo paterno en el que se ve atrapada cuando sus padres se divorcian. Llega a Kenia en busca de su hermana mayor, en busca de apoyo, consejo y la ansiada libertad. Allí conoce a Vincent, uno de los socios de su cuñado, el cual le roba la razón y el corazón. Sus besos la hacen volar y su pasión le produce un maravilloso vértigo.

¿Será eso amor? No lo sabe, ni tampoco le importa, solo pretende disfrutar de ello mientras pueda. Lavida le ha enseñado a vivir el presente… mañana todo puede cambiar.

Vincent es un espíritu libre, disfruta de la vida y es contrario al matrimonio. Con lo que no cuenta es con la corriente que lo recorre de arriba abajo cuando conoce a esa joven que mira todo con sus oscuros ojos llenos de felicidad y admiración. Asombrado, se da cuenta de que la ama, pero cuando se lo dice ella no le cree. Sin embargo, él no se rendirá hasta convencer a Dany de lo que siente, pues está convencido de que ella le corresponde. Pero ¿tendrá la oportunidad de demostrarle que lo que le profesa es amor? Porque juntos deberán enfrentarse a una serie de peligros que pondrán en riesgo sus vidas, algo que podría hacer tambalear su incipiente relación.

¿Conseguirá el amor que está empezando a florecer salir airoso de las trabas que se encontrarán en el camino?

Antología de relatos románticos de verano 2019

Publicidad para ANTOLOGÍA DE VERANO SELECTA 2019

Llega el verano, el sol, el calor y qué mejor que una buena lectura para las horas de playa…
¡Vuelve el recopilatorio de relatos románticos de Selecta con las historias de amor más refrescantes!

Relájate, disfruta y… ¡feliz verano!

Enamórate este verano con una selección de relatos románticos, llenos de pasión, ternura y mucho sentimiento.

Historias creadas en exclusiva por los autores de Selecta para llenar de emoción tus horas de lectura en estas vacaciones.

Si te preguntaste qué fue de ese secundario que tanto te gustó cuando leíste cierto libro, si quieres saber qué es de la vida de determinada pareja cuya historia de amor te apasionó, es posible que entre las páginas de esta colección de relatos encuentres satisfecha tu curiosidad.

La colección de relatos románticos de verano está hecha con mucho cariño para todos los lectores de Selecta.

¡Disfruta de este regalo que los autores de Selecta han escrito para ti!

AMOR BAJO LAS OLAS Capítulo 4

Capítulo 4

 

Sofía no se avergonzaba de tener un hijo, al contrario, era la alegría de su vida, era lo que daba calor a sus días. Nunca se había arrepentido de tomar la decisión de tener al bebe. Todo era muy complicado, tenía que trabajar mucho para que los dos pudieran salir adelante, pero nunca se arrepentiría.

Gracias a esa decisión no había vuelto a su casa, su padre no lo aprobaba, desde el momento que le dijo que estaba esperando un hijo que él no se había interesado por ella, como si no existiera. Eso le había desgarrado el alma; antes, ella y su padre se llevaban a las mil maravillas.

Su madre, en cambio, pasaba temporadas con ella y el niño, le encantaba cuidar del bebe. Lo quería muchísimo. Cuando le había dicho que su canguro se iba de vacaciones, la mujer no lo dudó ni un segundo. Tomó el primer avión y se presentó en el pueblo a la mañana siguiente. Su madre le contaba que su padre se había arrepentido muchas veces de la discusión que tuvieron cuando ella le dijo que pensaba tener el niño, pero que era demasiado orgulloso para presentarse en la puerta de su hija para pedirle disculpas. Prueba de ello era que tenía una fotografía del niño en la mesita de noche, y que muchas veces lo había sorprendido mirándola embobado, como si ansiara tenerlo con él.

Por eso cuando su mujer le decía que se iba a pasar unos días con su hija y su nieto, él no ponía ningún inconveniente. ¿Llegaría el día en que él mismo iría a conocer a su nieto?

 

Al cabo de cuatro días a Sofía le dieron el alta. Esa misma tarde cuando Raúl llegó a puerto se fue a la clínica, como hacía todos los días, y le dijeron que ella se había ido a casa. Llamó a su amigo Felipe que aún debía estar en el “Afrodita” para que le diera la dirección de su casa.

Llamó al timbre y le abrió la madre de Sofía.

—¡Que sorpresa volver a verte! Pasa… pasa.

Lo precedió hacia una habitación donde estaba Sofía tendida en la cama dando el biberón a su hijo. Se paró en el vano de la puerta observando la tierna imagen, mientras el pequeño comía ella no paraba de hablarle en voz sedosa, tranquilizadora. Puesto que tenía un brazo inmovilizado se le hacía difícil, pero se las apañaba.

Sofía levantó la vista y lo vio a él allí mirándola, le sonrió.

—Acércate, no muerde.

Raúl fue hacia ellos y se sentó al borde de la cama. El niño era precioso, estaba regordete, tenía unos brillantes rizos rubios y unos ojos dulces como los de su madre, mientras comía, hacía unos ruiditos encantadores, y no paraba de mover sus rellenitas piernas, mientras que con las manos se agarraba al biberón con fuerza. Él acarició con el torso de los dedos sus piernas, al niño le gustó y las movió con más ímpetu.

—Le encanta que lo acaricien, lo estoy malcriando a conciencia. —Sofía sonreía.

Raúl se dio cuenta que ella estaba más relajada y feliz que en los días anteriores.

—Le has echado de menos ¿no?

—¡No te imaginas cuanto!

El niño terminó de comer, ella necesitaba cambiar de postura, estaba apoyada contra el lado herido, y el dolor empezaba a ser intolerable.

—¿Quieres cogerlo? Necesita eructar, sino le cogerá dolor de tripa. —Él la miró un segundo, nunca había tratado con bebes. Se dio cuenta que ella estaba en una mala posición y no quería pedirle ayuda por simple obstinación. Se lo iba a poner un poco más difícil.

—No sé si seré capaz.

La abuela del pequeño acudía en su ayuda cuando él le hizo un gesto con la cabeza.

—Claro que… —Sofía hizo una mueca cuando el pequeño le golpeó la herida con sus inquietas manos.

Raúl cogió el niño con mucha destreza antes de que la golpeara otra vez, lo abrazó contra su pecho y le daba palmaditas en la espalda.

—¿Por qué eres incapaz de pedir ayuda? —dijo mientras ella se recostaba con cuidado contra el otro brazo.

Sofía se lo quedó mirando, ¿qué quería que le respondiera? Que hacía meses que se las apañaba sola, que no necesitaba a nadie. El eructo de su hijo la salvó de tener que responder. Raúl se lo quedó mirando y luego estalló en carcajadas.

Concha, la madre de Sofía, los estaba observando, era evidente que aquel hombre sentía algo por su hija, pero ella era demasiado cabezota para darse cuenta. Ella ansiaba que su hija encontrara a alguien con quien compartir sus desvelos, sus alegrías y sus penas. Era una casamentera consumada, así que decidió darles un pequeño empujón. Si salía bien, perfecto, sino…

—Cariño me ha llamado tu vecina Dolores para que la acompañara a hacer unas compras, ahora que está Raúl aquí aprovechare para ir. —Sofía la miró con los ojos entrecerrados, sabía que no era verdad—. Si se hace demasiado tarde, cenar, lo he dejado todo preparado en la cocina.

¿Qué pretendía su madre? pensó Sofía. ¡Quería emparejarla con Raúl! Le resultó evidente, conociéndola como la conocía.

—¡Mama! —exclamó.

Concha ya estaba marchándose.

—Si necesitas algo, no dudo de que Raúl te ayudara encantado.

—Como no.

Él también se había dado cuenta del ardid de aquella mujer. Sonrió.

La velada fue muy agradable, él no dejó que ella se levantara de la cama, se ocupó de ella y del bebe. Le contó lo bien que les iba con la expedición, como el accidente de ella había logrado que los muchachos fueran más responsables.

Cuando llegó la hora de cenar, él se ocupó de todo, la ayudó a comer, su madre había dejado preparado gazpacho y un estofado ligero de verduras con pescado, comieron fruta y después Raúl se sirvió una copa de coñac mientras le contaba de su vida. Con ella era muy fácil hablar, se podía pasar horas enteras conversando con ella.

—Me va a ir muy bien practicar con tu hijo. —Ella lo miró sin comprender—. Muy pronto voy a ser tío, mi hermano no ha venido este año, porque su mujer está a punto de salir de cuentas. Me hace mucha ilusión, igual que a Javier, está más nervioso que su mujer… —Soltó una carcajada—. Ella incluso me dijo que me lo trajera, porque la está sacando de quicio con sus insistentes cuidados. No la deja ni a sol ni a sombra, esta las veinticuatro horas del día pendiente de ella. —¿Recuerdas a Javier? El año pasado estuvo aquí, él se quedó cuando yo tuve que irme.

—Sí —respondió ella secamente.

Raúl vio una extraña expresión en el bello rostro de Sofía.

—¿Te sientes bien?

— Sí… Debe quererla mucho. —Sofía no pudo evitar un tono sarcástico en su voz.

Él lo notó, pero pensó que se debía a su propio y solitario embarazo.

—Sí, si lo hubieras visto el día de la boda…

Si seguían con ese tema, Sofía no tardaría en vomitar lo que había comido.

—¿Te gusta el baloncesto? —Él arqueó una ceja, por la inesperada pregunta—. Dan un partido por la televisión esta noche.

A Raúl no se le pasó por alto que ella no quería seguir hablando de su hermano. ¡Qué extraño! Él habría jurado que el año anterior ellos dos se llevaban muy bien.

—Sí, me gusta.

—Pon la tele, deben estar a punto de empezar. —Puso el televisor y volvió a sentarse—. Si te sientas aquí, —dijo ella palmeando el lado de la cama—. Estarás más cómodo.

—¿Me estas invitando a tu cama? —bromeó él.

A Sofía se le pusieron las mejillas de un intenso color rosado.

—Claro que no, solo pensé… —A Raúl se le escapaba la risa—. Oh… eres imposible.

—Si ser imposible es que me encanta bromear contigo, pues sí lo soy —afirmó mientras se quitaba los zapatos y se sentaba al otro lado de la cama con los pies extendidos, luego bajo la voz y en un tono muy seductor le dijo—. Y me encanta cuando te ruborizas de esa manera.

Aquello no merecía comentario.

El partido había empezado y muy pronto estuvieron los dos inmersos en el juego, comentaban algunas jugadas. Al poco rato, Raúl se dio cuenta que Sofía se estaba quedando dormida, bajó el volumen del televisor, y el partido quedó olvidado, no se cansaba de mirarla, con cuidado la atrajo hacia él y le pasó un brazo por encima de los hombros, de manera que descansara apoyada en su pecho. No pudo evitar besarle en la frente, ella aún no estaba dormida del todo y se dio cuenta, levantó el rostro hacia él y su mirada seductora lo atrapó. Esos aterciopelados ojos soñolientos lo cautivaron por completo. Ahuecó a mano en la nuca de Sofía y poco a poco fue bajando la cabeza, acercando sus labios a la boca húmeda e incitante. Le daba tiempo para que lo parara si lo deseaba, pero ella no hizo ningún movimiento, sus labios se tocaron suavemente, fue cautivador, la boca de Raúl se movía sobre aquellos labios con tanta ternura que ella fue recorrida por un agradable estremecimiento, él lo notó y aumentó la presión que ejercía sobre los labios de la mujer. Fue como si una corriente eléctrica los traspasara, se separaron mirándose a los ojos, tratando de controlar lo ingobernable, fue inútil, sus bocas volvieron a fundirse en un dulce beso, la lengua de Raúl se abrió paso entre los labios carnosos de Sofía y fue acariciando la calidez de aquella boca, a ella se le escapó un suspiro y se unió a él en un beso embriagador, lenguas danzando al son de una música que solo ellos podían oír. La gran mano de Raúl se movía con suavidad en la nuca de Sofía, acariciando y enrollando los suaves cabellos en sus largos dedos. El tiempo se detuvo, el aire se hizo denso, el deseo empezaba a enroscarse entre ellos. Ella se movió inquieta y un aguijonazo de dolor la recorrió, se había olvidado por completo de la herida. Soltó un jadeo.

—Sh… amor, no te muevas, relájate —susurró Raúl al tiempo que la abrazaba contra su pecho—. Sera mejor que dejemos esto para otro momento, primero tienes que curarte.

Sofía sentía que en su interior se había encendido una llama, ¡lo deseaba! Aquel pensamiento la dejó aturdida.

Apoyada en aquel duro pecho, sus fosas nasales se inundaron del aroma masculino. Raúl era un hombre muy atractivo, sus oscuros ojos azules rodeados de espesas pestañas oscuras eran de los que llamaban la atención, su rebelde pelo castaño le daba un aire de pillo y sinvergüenza, debía medir alrededor de metro noventa, ella a su lado se sentía pequeña y femenina, los musculosos brazos que la rodeaban eran como bandas de acero, en todo aquel cuerpo no había ni un solo gramo de grasa, era puro músculo.

Tendría que ir con cuidado, no quería enamorarse, su vida ya era bastante complicada.

Después de unos minutos, con ella abrazada contra su pecho, él se permitió saborear la sensación de aquel pequeño cuerpo pegado al suyo, la deseaba, pero había algo más, no era ningún adolescente, había tenido a muchas mujeres en su cama, y a la mañana siguiente no representaban para él más que una noche placentera, con Sofía quería mucho más… quería conocer todos sus secretos, todos sus anhelos, todos sus sueños, y era más… quería convertir todos sus sueños en realidad.

Bajó la mirada hacia ella.

—¿Estás dormida?

—No.

Ella tenía los ojos cerrados.

—¿En qué piensas? —Su voz fue un suave susurro.

Ella sonrió.

—No piensas contestarme ¿verdad?

—Es un poco complicado.

—Otra vez te estas poniendo misteriosa —susurró él con los labios pegados a la frente de Sofía.

Los dos oyeron que llegaba su madre, la oyeron acercarse a la habitación, los saludó con una sonrisa desde la puerta.

—¿Va todo bien?

La imagen que presentaban los dos abrazados sobre la cama, hablaba por sí misma. Sonrió para sus adentros.

—Sí, se está quedando dormida —susurró Raúl sin moverse.

Concha asintió con la cabeza, muy satisfecha de sí misma, les deseo buenas noches y desapareció.